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martes, 22 de febrero de 2011

"Lo cierto es que jamás pude dejar de cantar"



 Fotos: Danpeople

Yo no sé a quién he salido / La flor del Tafí / Mi madre no fue cantora
Florece en septiembre y se seca en abril (...) / Pachamama, mamá tierra 
por favor tráenos suerte / que si nos sacan el agua seguro viene la muerte
Voy a cantar una copla no para dar un concierto / sino para reclamar 
fuera mina a cielo abierto / sino para reclamar fuera mina a cielo abierto...

Copla compuesta por Andrea y un grupo de compañeros


Una garganta joven canta desde las entrañas de los cerros de Amaicha. Ella aprieta la caja que marcó la vida de su abuela y que la generación de su madre dejó a un costado. El grito se subvierte frente a la contaminación del agua, por todas esas mujeres privadas del canto por la discriminación, ruge su sangre diaguita por aquella otra abuela del alma que fue asesinada por no callarse las verdades con que oprimen a su pueblo. 

Andrea aprendió a cantar de su abuela, y aunque un halo de timidez la distinga, mamó también su espíritu de lengua eléctrica, como le dicen esos que se inquietan ante sus denuncias. -Cuando llegué a Tucumán Capital descubrí otro mundo, donde la gente cultiva una práctica vocal para cantar, una infinidad de técnicas para estudiar al instrumento y muchos cursos en Buenos Aires que se dedican a enseñar con caja. Eso es maravilloso, pero muy distinto a lo que aprendí, escuchar a mi abuela no tiene comparación. Si bien Andrea es considerada coplera, para ella esa figura original está representada en la fortaleza de esa mujer que ha vivido toda la vida en el campo, con su caja y que sin saber leer ni escribir ha tenido su voz para hilvanar sentimientos en el momento mismo en que golpea los cueros de forma catártica. -Yo viajo y tengo mi papel y lápiz para escribir, pero esa mujer es la que improvisa y arma una rima, una coherencia sin estas posibilidades que yo tengo. Eso es lo más fuerte del canto con caja.

Andrea es la conjunción de la fuerza joven con la furia libertaria que late en la garganta coplera, la tranquilidad inmutable en los ojos y la firmeza de sus certezas, porque así le han enseñado.  Si lo pensás, lo decís. -Me he criado desde chica escuchando coplas, ahora estoy tomando más en serio esta responsabilidad de cantar y lo bueno es que están surgiendo otras chicas que están agarrando la caja para expresarse.
Su madre es artesana, cantó poco y sólo en círculo, con otra gente. -Hacerlo sola la emociona demasiado y por eso dejó de hacerlo, distinto pasa con mis tías que no lo hacen porque no saldrían a cantar en un escenario. Hoy se está difundiendo un poco más, pero en mi familia pasó algo extraño, soy la única de 9 nietos que agarró la caja. 



El Joy Joy es un canto de lamento hondo, mucho más sanguíneo que los folklóricos tradicionales que también sufre de una incomprensión generalizada. Las mujeres que lo mantienen se lucen sólo en los jueves de comadre, que es el festejo que se realiza el primer jueves de carnaval. -Yo no puedo cantarlo todavía, me parece un género demasiado especial como para tomarlo ahora.

XXV - Contra la condescendencia del arte
La copla es un género de la resistencia dentro del folklore, surge de las gargantas fuertes que se sobreponen a la discriminación cuando niñas y adolescentes. -En mí ha sido todo un proceso por el que tuve que pasar hasta llegar hasta acá. De chica siempre subía a cantar con mi abuela y ella me presentaba. Eso es lo que siempre pasa. La abuela un día presenta a su nieta. Así ella se convierte en su compañera, la que retoma y enarbola ese símbolo identitario salteado por una generación. En Andrea se resume la experiencia de muchas jóvenes que al entrar en la adolescencia dejaron la copla igual que sus madres frente al rechazo tajante de sus compañeros. -Me han llegado a decir que mis cantos son cosas de viejos y que yo los hago sólo para hacerlos sentir bien a ellos. No se comparte, no se entiende y ni siquiera se respeta. Fueron muchas las chicas que en esa etapa se alejaron de la caja. Yo misma me dije en un momento que no iba a hacerlo más. 

Mientras por un lado la discriminación atenta contra el género,  se presenta el lucro que posiciona a la coplera como un sujeto turístico, olvidando su matriz cultural. -Eso pasa mucho, se llama a los músicos para que se muestren ante el turista como algo exótico y al mismo tiempo hay una falta importante de espacios donde mostrarse.
Andrea sabe que este no es un momento más, la necesidad por esclarecer la pérdida de una compañera ensalza su lucha. -Este año hemos perdido dos referentes bien importantes, una de ellas fue asesinada. La familia la encontró muerta en su casa. Doña Esperanza Nieva era una mujer que cuando se subía al escenario no tenía problemas en decir las cosas. Hoy me resulta fundamental pararme en un escenario y proclamarme en contra de la explotación minera.
 
Andrea acompañó a Esperanza a aquella marcha de Pueblos Originarios a Buenos Aires. Dos días después de aquel encuentro sería asesinada en Amaicha y la Policía difundiría la infamia de una muerte natural, frente a la evidencia irrefutable de su familia que la encontró golpeada y semidesnuda. -Ella era una líder para nosotros, manejaba mucha información y luchaba activamente por nuestro derecho a las tierras.  Con 20 años sabe de la diferencia entre las causas urgentes, y por eso el presente le duele en todas partes, ella eligió el compromiso al olvido desde mucho tiempo de ese crimen que hoy la impulsa. -Lo cierto es que no he podido dejar de cantar nunca y hoy es una necesidad ante todo.

viernes, 31 de diciembre de 2010

El hombre que se parece a la historia

Por Florencia Yanniello



La casa es pequeña, casi minúscula. La biblioteca se extiende por toda la pared de la única habitación que hace simultáneamente de dormitorio, de living y de cocina. Las repisas están colmadas de libros y videos de la SegundaGuerra Mundial. Una foto del Che Guevara y una de Neil Diamond adornan la cabecera del desvencijado catre.
En el patio Don Pinto le da de comer a “Charly”, un chimango que apreció con un ala lastimada y fue adoptado como mascota por el dueño de casa. Lo trata como un par, le habla, le da consejos; es su única compañía.
Francisco Pinto López vive en Bariloche desde los años setenta. Recluido en su humilde albergue pasa los días, solitario, melancólico y pensativo. Camina por las calles de tierra ofreciendo sus servicios; es carpintero, aunque cualquier changa le viene bien: cortar el pasto, podar algún árbol, hacer tareas de albañilería. Se da maña para todo.
Ahí va Don Pinto, saludando a la gente del barrio con su pegadiza tonada chilena. Ahí va, con la pala al hombro y las botas de goma, surcando los caminos australes de un país que le abrió las puertas y le cerró los sueños.
Ya pasaron 35 años desde que tuvo que dejar su país natal. El tiempo pasó lentamente, arrastrando recuerdos de su niñez en Chillehue -un humilde pueblo ubicado 120 kilómetrosal sur de Santiago-, de su curiosidad adolescente por el anarquismo, de su militancia obrera durante el gobierno de Allende, de su destierro y exilio en Argentina.
Ahora se refugia en trabajos domiciliarios y aprovecha para contar sus historias a quienes le prestan el oído por un rato. Tiene un humor sarcástico y le gusta mucho hablar.
“Don Alejandro, le cambio las copias de los videos por cortarle el pasto”, le dice a un vecino que se dedica a la producción audiovisual. Siempre le pide que le grabe documentales sobre la Segunda Guerra Mundial, una de sus obsesiones. “Me interesa desde sexto grado, cuando estaba en el colegio industrial se me pegó el tema”, cuenta siempre que lo interrogan sobre su fanatismo. A otro conocido le permuta su trabajo por el mecanografiado de unos manuscritos que aparentan ser una autobiografía. Le lleva con frecuencia las hojas manchadas, con una letra casi ilegible, para que le pase en computadora los fragmentos de una historia de vida cargada de ilusiones rotas y sinsabores, pero contada desde una óptica satírica.
Hace algunos años lloró la muerte de su inseparable compañero Panzer. El perro que llevaba el nombre de un tanque de guerra alemán, era más que una mascota, más bien encarnaba una extensión de Don Pinto. Desde ese momento anda sólo y nostálgico. Lo evoca en cada conversación y lo recuerda como a un amigo. El ave que tiene ahora en el patio no ha podido reemplazar a su aliado canino, con quien compartió los momentos más duros de su vida.
Se traslada de sus trabajos eventuales a su casilla, en donde pasa los días entre el vaho de la ropa sucia y la humedad de las paredes, toma vino en exceso y tiene severas dificultades cardíacas.

Ateo y anarquista
“Tiene cinco minutos para irse o le espera el pelotón del fusilamiento”. La voz proviene de un oficial alto y robusto que está interviniendo la mina “El teniente”. Es 13 de septiembre de 1973, hace dos días el General Augusto Pinochet derrocó a Salvador Allende, dejando huecos los anhelos de un pueblo que celebraba las medidas de un gobierno que había profundizado la reforma agraria, que luchaba por los derechos de los trabajadores y se convertía de a poco en el símbolo nacional del socialismo moderado.
El oficial repite las palabras y señala con su dedo a uno de los obreros de la mina. Lo acusa de ser allendista, lo tilda de subversivo. Francisco Pinto sabe por qué lo busca, sabe que estalló el golpe. Piensa, repasa sus años de adolescencia, cuando se escapaba a la madrugada a pegar con engrudo carteles con la inscripción “Ahora le toca al pueblo”, recuerda que se autoproclamó desde joven ateo y anarquista, sabe que está comprometido, presume el peligro.
Aquí comienza la carrera hacia el exilio. Luego tendrá que escaparse, viajará a Argentina, conocerá gente, pasará hambre, sufrirá el desarraigo. Cruzará la frontera con libros “prohibidos”, llorará la desaparición de compañeros. Se desempeñará como carpintero en San Luís, conseguirá trabajo en una central eléctrica, construirá puentes, será explotado por sus patrones. Sufrirá los abusos de la dictadura argentina, le marcarán con una “equis” su documento y pensará que el golpe argentino fue aún peor que el chileno.
Pero todavía no sabe nada de esto. Está en su puesto de trabajo desde hace 4 horas y un militar lo obliga a retirarse. Pinto cree que debe dejar el país. Y emprende su huida.


El cruce de los Andes
Cruzó la cordillera gracias Alfredo, un amigo que le ofreció llevarlo en auto hasta Mendoza. Cuando pasaron el túnel del Cristo Redentor se encontraron con un cartel que decía: ‘Bienvenido a Mendoza, tierra del sol, de Los Andes eternos y del buen vino’.
“Nos bajamos del auto y Don Alfredo me dio un abrazo y me dijo: ‘bienvenido Pancho, esta es tu nueva patria, esta patria te va a acoger sin preguntarte nada, te va a dar el pan y el trabajo’. Pero bueno, las cosas no salieron tan bien.”, cuenta Don Pinto revolviendo los recuerdos de aquella odisea que hoy parece tan lejana.
El Golpe de Estado de 1976 lo encontró en Mendoza, provincia en la que vivió cuatro años, trabajando en una estación de servicio y en obras de construcción. “Extrañaba mucho mi tierra, el clima, las comidas, el vino, me costaba mucho adaptarme y encima estalló el golpe, ¡cómo abusaban de los pobres!, ahí sí que la sufrimos, imaginate ¡extranjeros y pobres!”, relata mientras alimenta a su mascota.
De Mendoza se fue a San Luís y de ahí a Córdoba, en donde se instaló a trabajar en la construcción de la central atómica “Atucha I”. “Nos tenían prohibido ir al lago que estaba cerca de la central nuclear, andaba siempre un milico con bayoneta controlando que ninguno anduviera por ahí. Una tarde con Maya, uno que era de San Rafael, nos fuimos sin que se dieran cuenta y justo pasaba un avión que tiraba unos bultos al lago. Eran cadáveres, nosotros los vimos”.
“En el sur hay trabajo”, le dijeron. Huyendo de los abusos y en busca de una mejor vida Don Pinto emprendió un camino sin destino definido, pero con rumbo meridional
Así llegó a Bahía Blanca, a través de un anuncio en un diario. Pedían un carpintero y estuvo allí unos meses. Siguió hasta Choele Choel y Piedra del Águila, en donde fue obrero de la central eléctrica Alicurá. “Mi deseo era conocer Ushuaia, así que me fui a Bariloche a juntar unos pesos para poder cumplir mi sueño. Era el año ’83, empecé haciendo portones, y aquí me quedé, en esta misma casa que me prestaron. Sobreviví con changas, haciendo bajo mesadas y placares. El país estaba malo, no había trabajo.”.
Don Pinto mira el cielo y dice que va a llover. Ya es hora de cenar, se va a cocinar un estofado y a dormir temprano porque madruga. “Mañana tengo que hacer una poda de árboles, trabajo por mi cuenta, así me gusta a mí: anárquicamente, sin que nadie me controle ni me joda. Ya me cansé de eso, siempre el que menos sabe trabajar es el jefe”, dice entre risas y se mete en la cabaña.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Crónicas III



 Festival por Mariano Ferreyra

Contra la represión, por la verdad y la justicia 
 

Por Josefina Garzillo 
Fotografía: Sofía Marcos



No pasó y no pasará. A un mes y 3 días del asesinato de Mariano Ferreyra, más de 50 mil personas se reunieron en el festival organizado por la FUBA en Plaza de Mayo.
En repudio a la patota sindical que mató a Ferreyra, que llevó al coma a Elsa Rodríguez y reprime la lucha de miles de trabajadores y estudiantes.
Juan Subirá, Karamelo Santo, Alika y La Nueva Alianza, Choque Trueno, Piola Vago, La Resina, Onda Vaga, Las Manos de Fillippi, Calle 13 y Damas Gratis se subieron al escenario a reclamar por esclarecimiento y justicia.

Temprano, cuando la plaza ya desbordaba por sus cuatro costados, se veían llegar caminando por diagonal norte a nuevas multitudes para sumarse al festival.
Decir ¡Basta! es lo justo y urgente.
¡Basta! fue la palabra hecha eco desde Plaza de Mayo... “Basta de burocracia sindical asesina, de  la represión a las luchas sociales, por juicio y castigo a todos los responsables”... fueron los pronunciamientos desde el escenario, apoyados por los de abajo.  
“Ya somos más de 50 mil en la plaza, en su mayoría somos jóvenes, estudiantes y trabajadores  y nos estamos cuidando solos. No necesitamos de tu policía”

Entre el cierre del recital de Onda Vaga y el inicio de Calle 13 pasó más de una hora. Los puertorriqueños su subieron al escenario agradeciendo a la multitud la presencia y la lucha, y disculpándose por no haber podido llegar antes. “Estamos hoy acá para reclamar que se esclarezca el asesinato de Mariano Ferreyra. El era un estudiante. Debemos seguir su camino. Hoy la revolución pasa por la educación, por ella también tenemos que luchar. Necesitamos buenos profesores... Hay que reclamarle a los gobiernos que además de construir tantos edificios construya educación.” expresó René Residente, voz de la banda, antes de enarbolar su bandera ideológica con Calma Pueblo.

A las 23.30 con su ya histórica proclama Los métodos piqueteros,  se presentaron Las Manos de Filippi, seguidas por Damas Gratis y un Lezcano -como siempre- más comprometido que mucho rockero. “Antes que nada quiero un fuerte aplauso para todos los que organizaron esto y para Mariano que desde algún lado nos está mirando. Queremos decirle que acá está todo el pueblo argentino reunido hoy en Plaza de Mayo. Otra vez aplaudamos el trabajo de ellos, eso hizo que estemos acá, nosotros sólo vinimos a tocar”
    
Las bandas tocaron un promedio de 5 temas, en donde cada una -y fiel a sus formas- aprovecharon para rendir homenaje a la lucha de Mariano. La agrupación audiovisual “El Ojo Obrero” proyectó un video-documental sobre su vida, los hechos del 20 de octubre y declaraciones de compañeros y amigos a través de las pantallas gigantes que estaban dispuestas en distintos puntos de la Plaza; donde también se transmitió el apoyo de varios figuras como Tévez, Soledad Villamil, Leonor Manzo, Julieta Díaz y Manu Chao, con su mensaje “Aguante Siempre”. En la plaza estaba también Radio Rebelde, con su estudio montado en la calle, trasmitiendo en vivo la jornada.


El sindicato lame sus propias botas

La burocracia sindical es dueña de las empresas que contratan tercerizados.
Son los que cobran y tiran a matar. Tiran a matar para poder cobrar.

El pasado 20 de octubre trabajadores tercerizados del Roca reclamaban el pase a planta, apoyados por distintas organizaciones sociales, cuando la burocracia sindical de la Unión Ferroviaria, con la complacencia policial, asesinó a Mariano e hirió a otros de sus compañeros del Partido Obrero que acompañaban la protesta, entre ellos Elsa Rodríguez con continúa en coma.

La edición del 18 de noviembre del diario del Partido Obrero denuncia que ya son 7 los detenidos por el asesinato de Mariano. Ni Pedrazza, ni su adjunto Juan Carlos Fernández, quien aprobó por escrito el ingreso de la patota armada y del principal sospechoso del asesinato. Son 7. Ni Pedrazza, ni las principales personas que avalaron el asesinato.

“Hay poca comida, pero hay muchas balas / Hay poca gente buena, por eso hay muchas balas. Hay quienes asesinan y no dan la cara / Hay poca educación, hay muchos cartuchos/ Cuando se lee poco, se dispara mucho / El diálogo destruye cualquier situación macabra, antes de usar balas disparo con palabras...” “Los problemas no se dan por sentado y más cuando el abuso es por parte del estado” Calle 13



lunes, 22 de noviembre de 2010

Crónicas Viajeras I


Nueva Zelanda
 Principio de incertidumbre

Por Gilda Selis

-¿Te ayudo? Me parece que estás en problemas… 

Miré hacia abajo, a mis manos, donde estaba el problema. Esas miles de piezas destartaladas eran mi celular; se me había caído desde una escalinata y ahora parecía un rompecabezas para armar. Gruñí con mala gana. Había tenido un mal día. Él tenía razón. Mi torpeza era inaudita. Su mano blanca tomó el aparato, hizo malabares y en pocos segundos volvió a ser mi querido Vodafone. 

Nunca lo había visto en el micro, aunque siempre hacía el mismo recorrido. Me subía a las ocho de la mañana para ir a la ciudad y a las seis de la tarde para volver a mi casa, ubicada en North Shore que quedaba cruzando un puente. Muchas veces los pasajeros eran los mismos, la misma rutina cada día. Conocía a Joe, el conductor de Samoa, que con un inglés a lo Tarzán me contaba que vivía muy bien económicamente en Nueva Zelanda pero que odiaba la rutina; extrañaba su país donde solía pescar seguido. También estaba Anne, una estudiante canadiense de intercambio que se sentaba siempre en el último asiento del lado de la ventanilla izquierda. A la familia Waills también la veía durante los días de semana. Estaba compuesta por Sue, una mujer rubia y elegante; John, su marido ejecutivo que iba a trabajar en las oficinas de Victoria Street, y el niño Matt, de nueve años, que bajaba primero en la escuela de Birkdale.

Pero a él no lo había visto nunca. Le agradecí por su gesto amable. Me sonrió. Era un joven recién rapado pero por las espesas cejas se notaba que era rubio. De ojos celestes, tenía una mirada especial, frágil, que me dejó pensando. Era nacido en Escocia pero fue criado desde chico en tierras maoríes. Llevaba una musculosa blanca; era verano y hacía mucho calor. Su sonrisa tenía un dejo de ingenuidad y sencillez.


  -Mirá qué hermoso atardecer- dijo señalando a través de la ventana del micro. Un sol anaranjado se reflejaba en el agua cristalina donde cientos de veleros estaban anclados uno al lado del otro.
-Como una postal- contesté admirada por el paisaje.
Se tomó el atrevimiento de tomar mi mano. No me lo esperaba, pero fue con delicadeza.
-Me gusta tu anillo, ¿qué significa?- me preguntó con curiosidad.
Le conté que eran mis iniciales y que me lo había regalado mi abuela cuando cumplí 15 años. Aproveché la oportunidad para presentarme. Él se llamaba Benjamín y tenía 24 años.
-Es hermoso. Me gustan mucho los anillos- dijo entusiasmado. Al instante, me mostró el suyo, una libélula de plata de gran tamaño que resplandecía con una tonalidad metálica.
-Soy orfebre. Estoy trabajando en esto ahora.
Sacó un viejo cuaderno de su mochila y en sus páginas había un dibujo realmente alucinante. Era el paisaje que acabábamos de ver, aquella postal del puerto; me miró con complicidad.

Se dio cuenta que era extranjera y me preguntó por mi vida, difícil tarea la de resumir en un recorrido de treinta minutos y a un desconocido. Le hablé sobre mi país, de mis estudios de periodista y mi afición por la fotografía y los viajes. Deseó con simpatía que algún día le pudiera sacar fotos a sus obras de arte.
Ben amaba la naturaleza y soñaba algún día con comprar una casita en el campo para vivir con su hijo de dos años. Cuando hablaba de él, el rostro le cambiaba completamente, aparecía una sonrisa brillante de anhelo y protección. El hijo no vivía con él; admito que me intrigó el motivo pero no pregunté.

Me quedé mirando su brazo izquierdo, un tatuaje tumbero. Aunque desvié la vista rápidamente, Ben se dio cuenta.
-Es una larga historia. Soy adicto desde chico, estoy tratado de salir. Mis dibujos me ayudan. A mi hijo lo estoy empezando a ver más seguido, este fin de semana lo voy a llevar a Takapuna, una playa cercana ¿Conocés?- comentó mientras guardaba el cuaderno de dibujos. Le sonreí y afirmé con la cabeza.

Ya estaba llegando a la rotonda de Birkdale donde debía bajarme. Éramos pocos los que aún quedábamos en el bus. Parecía que iba a llover, lo que no era raro en Auckland. Deseé haber vivido más lejos para continuar la charla, me había cambiado el humor y no se trataba de un encantamiento amoroso para nada.
-Adelante, vos primera- Él también se bajaba en la misma estación. Saludé a Joe, a quien vería al día siguiente.
Benjamín hizo un chiste con mi celular y nos despedimos en direcciones opuestas. Caminé lentamente cuando unas gotas de lluvia empezaron a mojarme y aceleré el paso. Me di vuelta para verlo partir. Pensé que no lo iba a volver a ver.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto como siempre tenía que estar en la parada del micro que me llevaba a la ciudad. Como llegaba tarde corrí las cuatro cuadras en subida. Con la respiración entrecortada, tenía los cordones desatados, el pelo enmarañado y la mochila abierta y revuelta. Una cara conocida se rió de mi deplorable estado. Me sorprendió ver a Ben; a él también lo se alegró.

Nos sentamos en los asientos de atrás y conversamos todo el viaje. Me preguntó cómo había pasado aquella noche tormentosa; no había podido pegar un ojo y eso que soy de las personas que aman dormir con lluvia. Me habló de un té que él tomaba cuando lo aquejaba el insomnio. Le sucedía seguido. “No es nada raro, un simple té” me dijo riéndose tímidamente. Le alcancé un papel para que me lo anotara porque no le entendí la pronunciación. “Camomile”, dije en voz alta, lo voy a probar. Cuando busqué la traducción resultó ser té de manzanilla.
Del otro lado me había anotado su mail. Le había contado que al día siguiente me iba de la ciudad, continuaba mi viaje en la isla sur.
-Para que me escribas cuando llegues a tu país.
-¡Queen y Victoria Street!- gritó el conductor de la empresa Birkenhead.
-Acá me bajo. Te escribo y seguimos en contacto.
-Dale, yo sigo unas paradas más, voy a Parnell a vender mis anillos.
Le deseé suerte, él buen viaje y nos despedimos. La tormenta había desaparecido y parecía que al mediodía surgía de nuevo ese sol radiante de marzo.

Un mes después, cuando volví a Argentina, le escribí como había prometido. Me contestó a los dos días. Se acordaba de mí, la chica del micro. Le pregunté por su hijo y sus diseños. Me contó de aquel fin de semana en la playa, donde se habían bañado en el agua y comido tarta de kiwi. Unos nuevos modelos lo tenían ocupado por aquellos días y tenía pensado entre sus nuevos proyectos volver a estudiar. Se ofreció a ayudarme a practicar el inglés y quería aprender “argentino”. Intercambiamos novedades, canciones y fotos. Pero desde aquel último mail de abril no supe más nada de él.

En algún rincón lejano, una libélula se posa sigilosamente sobre una caña, levanta sus alas largas y delgadas y despega vuelo en dirección sur.

Crónicas I

Imagen: Verónica Gregorini

La Plata cumplió años. Como siempre habría fuegos artificiales, personajes reconocidos sobre el escenario y bastante menos alegría para los que estaban detrás de bambalinas del natalicio Nº128.
Las 8 bandas platenses sufrieron más de 3 revoleos de horarios por parte de la organización, que no sólo retrasó dos horas la apertura, sino que intentó que éstas toquen apenas 15 minutos, de los primeros 30 prometidos, para dejarle lugar a Gustavo Cordera, que llegaba desde la capital con infulas de vedette estrella. 
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